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Hoteles de Cine: Grand Hotel Budapest

Durante dos horas contemplamos una estampa esteticista del Modernismo europeo centrada en una majestuoso hotel de colores pastel y personajes hiperactivos. La película El Gran Hotel Budapest nos pasea por una Europa estilizada que busca su identidad durante los felices años 20.

The Grand Hotel Budapest

En la imaginaria república de Zubrowka, ubicada en la gélida Europa del Este de entreguerras un director de hotel se ve envuelto en una intriga de herencias, robos de obras arte, persecuciones, fugas y asesinatos. La historia, embarullada, frenética y un punto surrealista, se desarrolla sobre el fondo de un diorama maravilloso concebido por los autores con una estética de colores pastel, encuadres anticuados, simetrías férreas y detalles obsesivos.

The Grand Hotel Budapest

El hotel imaginario es un compendio de varios hoteles europeos. Es el sello de autor del director texano Wes Anderson quien suele primar en sus películas la puesta en escena sobre la historia, para deleite de estetas y cabreo del público despistado. En el centro de la historia, un majestuoso hotel de fachadas de color rosa que parece detenido en el tiempo.

El Grand Hotel Budapest que da título a la apabullante película de Anderson es un compendio de hoteles lujosos centroeuropeos que guardan en los alfombrados pasillos de sus estancias la huella de un pasado feliz entre dos guerras mundiales. Una época despreocupada en que la idea de una Europa unida parecía cercana y el estilo Jundgestil con que se concebían aquellos mastodontes urbanos era un homenaje a la libertad y la naturaleza. Como el modernismo español pero regado con aquavit.

The Grand Hotel Budapest

Stephan Zweig, cronista de la época

Según confiesa el director, la historia tomó forma tras una estancia en el histórico Hotel Corinthia de Budapest y la lectura del austriaco Stephan Zweig, cronista de la época. La grandiosidad y el lujo sin complejos eran la razón de ser de aquellos grandes establecimientos de principios del siglo XX, muchos de los cuales siguen en pie ofreciendo a sus huéspedes ráfagas del aroma imperial que levantó los edificios de innumerables habitaciones.

Dormir en un hotel centenario es una ocasión maravillosa para recibir una lección de historia sin fechas ni nombres propios. Para entender qué sentían los nobles arruinados, los nuevos ricos, los príncipes viajeros, las viejas millonarias y los pobres botones que se movían en aquel universo desaparecido.

El desfile de actores conocidos con pequeños papeles –algunos irreconocibles– y el increíble detallismo de los escenarios son suficientes motivos para revisar la película dejándose llevar por el inconfundible aroma a papel de aquellos libros de nuestra infancia que al abrir las páginas desplegaban un mágico teatrillo. Al acabar, hay que refrenar el impulso de buscar el Gran Hotel Budapest en París, Viena, Madrid o San Sebastián para apoltronarse en una butaca de terciopelo rojo, cerrar los ojos y dejarse llevar.

TRENES ANALÓGICOS Y PASTELES DE VERDAD

El diseñador de producción de El Gran Hotel Budapest, Adam Stockhausen, buscó escenarios impresionantes para recrear el vestíbulo del hotel como los almacenes Kauhaus de Görlitzer o la pastelería Pfunds Molkerei de Dresde. También se inspiró en varios grandes hoteles de principios del pasado siglo como el Hotel Adlon en Berlín, el Grandhotel Pupp en Karlovy Vary y el Savoy de Londres. Muchos escenas que transcurren en un tren se filmaron con la ayuda de escenarios de cartón y ventanillas falsas. En cuanto a los efectos especiales, se utiliza la vieja utillería teatral evitando los paisajes generados por ordenador, lo que da al película un característico tono vintage y artesanal.

Texto Marcel Benedito.  Fotografías cortesía de Fox Searchlight Pictures.
The Grand Hotel Budapest

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