El Park Hyatt de Tokyo, el hotel rascacielos de Lost in translation, funciona como metáfora de una nave que permite a los confundidos navegantes atravesar los espacios de la incomprensión y aprovechar el viaje para conocerse mejor a sí mismos. La película de Sofia Coppola, Lost in translation (2003), habla de la desubicación y el desengaño
La cara aturdida de Bill Murray contemplando el vacío desde la cama del lujoso hotel es, sin duda, uno de los iconos más significativos del arranque de este siglo rocoso y sorpresivo.
Es la mirada de quien se siente perdido en una ciudad extraña, una habitación ajena y una vida decepcionante. Es la sensación de desamparo que un espacio de hotel nunca debe propiciar. Pero también es el precio que se paga por utilizar un rascacielos como “real estate”, con sus infinitas vistas y sus no menos infinitos pasillos y ascensores.
La desubicación y el desengaño
La película de Sofia Coppola, Lost in translation (2003), habla precisamente de la desubicación y el desengaño de dos personajes —Bill Murray y una jovencita Scarlett Johansson— que solo tienen en común cierto aguijonazo de desamor, y que se ven hermanados (más que enamorados) por la sensación de soledad rodeada de personas.
La ciudad de Tokyo, estridente y agobiante como nunca, es el marco desquiciado de una semana extraña donde el karaoke y las luces estroboscópicas de los pachinkos obligan a los navegantes a viajar por sus océanos interiores para sobreponerse a las olas de la existencia. El viento que azota esa agua es la incomprensión, la imposibilidad de comunicarse en una ciudad y una cultura tan ajenas.
El hotel es la nave que surca el mar de la incomprensión
El Hotel Park Hyatt representa la nave que les permite surcar esos mares, donde reponen fuerzas, sufren insomnio, visitan el bar y escuchan música de jazz. Las ventanas con vistas impagables sobre el skyline de Tokyo son los ojos de buey que se abren al mar de cemento y que les sugiere mirar también el paisaje interior. El hotel introduce a los viajeros en la cultura local, como debe ser, pero también funciona como una isla en medio del caos. El desorden de las habitaciones dibuja la maraña mental de los personajes abocados al infinito a través de los grandes cristales. La piscina de la última planta, verdadero lujo, al alcance de unos pocos, anuncia las aguas que les esperan en la calle.
Hay una escena en la que ambos consiguen dormir tras una agotadora jornada urbana y él le coge el pie a ella, acurrucada a su lado. Imposible transmitir más ternura con menos recursos.
Check out
La despedida es inevitable como lo es el check out. Hay un encuentro final en medio de la muchedumbre, un beso robado y unas palabras susurradas al oído que cada uno de nosotros puede interpretar como quiera… Uno de los mayores enigmas de la historia del cine moderno. Yo apuesto a que quedan para encontrarse en otro hotel.
PARA CINÉFILOS CON POSIBLES
Las tres magníficas torres del Shinjuku Park Tower fueron proyectadas por el arquitecto japonés Tange Kenzo, premio Pritzker 1987, y constituyen unos de los hitos del distrito Shinjuku, en la capital de Japón.
El Hotel Park Hyatt ocupa las plantas 39 a la 52 de las torres, coronadas por las pirámides acristaladas. La película de Sofía Coppola ha convertido a este hotel en un destino clave del turismo de cine en Tokyo, solo apto para bolsillos vigorosos. La alternativa humilde es una copa en el bar New York de la azotea.
El hotel cerró por renovación de habitaciones y espacios comunes el 7 de mayo de 2024 y volvió a abrir el segundo trimestre de 2025, cuando celebró su 30º aniversario.
Texto: Marcel Benedito.
Fotografía cortesía de Universal Pictures



